Jordi Salas “Pelón” escalada en solitario.

Santa Ana paisajeSanta Ana paisajePelon œsolo

Jordi Salas desciende de una saga de escaladores: abuelo, padre, hermana y ahora su propio hijo, dejan este amor por la escalada allá donde van, permitiendo que los demás mortales la podamos disfrutar, con sana envidia, y en mi caso desde el suelo y con mi objetivo en la mano.

 La provincia de Lleida es muy afortunada por la diversidad geográfica que nos ofrece, desde el llano hasta las montañas del pirineo. Dejando atrás la huerta entramos en el prepirineo por la carretera del valle de Arán, acercándonos a la presa de Santa Ana, que tiene un pequeño oasis rodeado por unas magníficas paredes de alto grado de dificultad, una escuela perfecta para todos los

 escaladores.
Jordi Salas dejó su ciudad natal, Barcelona, para instalarse en este paraíso, impulsado por su afición; ya de mañana lo recogimos en su casa y nos dirigimos hacia el pantano, aún antes de que el sol destacase en el pequeño valle.
Mi primera sorpresa fue comprobar la diferencia entre su preparación para la escalada y lo que yo conocía: cuerdas, arneses, mosquetones, grigris estaban ausentes. Material necesario: seguridad en si mismo, felicidad interna por acometer un reto y un pequeño mp3 de música apacible. Ah… y su sonrisa siempre a punto.

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Tras una pequeña inspección de zonas quiso hacer su calentamiento en “solo” una vía de 6C. Así como si nada. Se encontró una pequeña dificultad de agarre, ya que la pared aún tenía cierto grado de humedad, al no haberle acariciado el sol del día.
Debo decir, para mi tranquilidad, que llevaba en su bolsillo unas cintas para evitar sorpresas, no era cuestión de llevar un reportaje al extremo de una caída incontrolada.

El sol empezó a hacer sus pequeños guiños pero la felicidad fue breve, ya que las nubes empañaron la mañana brillante que deseábamos.

Nos desplazamos hasta una enorme pared situada sobre el puente, en este momento llegaron dos amigos de la población cercana de Almenar, del club rocko, con todo el equipaje de escalada, iban a subir la misma vía, una 6ª, con el equipo habitual, y frente a ellos estaba Pelón que en menos de 10 minutos realizó la ascensión en solitario.
Su ascenso era una unión perfecta entre hombre y piedra, una sensación de insecto paseando en sus grietas, como una fusión entre dos almas gemelas.
Paso a paso, sin apenas descanso, apoyándose sobre dos dedos de los pies, ahora deslizando una mano a un pequeño agujerito, un leve movimiento de cadera y subiendo casi sin pausa.

Cada escalador tiene un ritmo, una marca que le hace distinto a otros, unos la fuerza bruta que se define en sus facciones sobreacaloradas, otros el ritmo rápido que les impulsa, otros la suavidad con movimientos cortos..
Yo contemplaba un paseo en una pared como si estuviese en el salón de su casa, pensando en la sensación de familiaridad que se estableció entre escalador y montaña.

 
Escalar “solo” necesita un temple que raya con la locura, su seguridad les hace fuertes, su conocimiento en la técnica superhombres, viéndole ascender el temor a una caída está lejos de mi cabeza y si no tuviera mi cámara en mano arrancaría en aplausos incontenidos.

La mañana terminó ensombrecida y nos marcamos otros objetivos para jornadas más adecuadas, que deseo que lleguen pronto para poderlas contar.

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