“Agrònom de Ferro”,la fiesta de los universitarios
Publciado por Blanca Martínez-Ribes - 12/05/09 a las 11:05:43 amDesde hace una decena de años los estudiantes de agrónomos de Lleida y de algunas otras titulaciones locales y de otras procedencias, todo hay que decirlo, tienen un dia señalado para dejar aparcados los estudios, la sobriedad y la moderación, una fiesta para dejar que la œlocura tenga su propio ritmo y tome forma en una celebración que ya deja entrever en su bautizo las pocas coincidencias que tiene con la cotidianidad de los estudiantes.

œL™agrónom de ferro (El agrónomo de hierro) se constituye como una competición, con título y todo, que no deja de ser un puro jolgorio, lejano tanto de lo agrónomo como del mundo de los metales. En realidad se trata de poner a prueba la resistencia del cuerpo, tanto interna como externamente pero con unas premisas bastante œlíquidas en el desarrollo de la competición: quien más œaguanta mejor puntuación obtiene.
La fiesta se inicia por la mañana, no demasiado temprano, para no tener que madrugar tras los desmanes nocturnos, pasa por una comida campestre en el campus, en la que ya pueden observarse algunos indicios de lo que espera por la tarde.
Se van calentando los motores “los cuerpo de chicos y chicas- bajo unos disfraces totalmente económicos y ecológicos: bolsas de basura, papel de diario y globos de colores, todo ello amenizado con las melodías de una excelente voz que va desgranando artisticamente las hazañas que preceden a la batalla final.
Hacia media tarde todo está preparado para el momento más sublime de la fiesta, con un último aviso a los participantes para que respeten las reglas del juego, bueno, más que reglas son¦ ¡vete a saber qué son! Hay que conseguir beber a toda costa el líquido “le llaman vino, pero no sé si algún experto lo reconocería como tal- que se ofrece a los competidores en toda clase de artilugios: regadoras, botes de plástico, botellas o
cualquier otro utensilo o cachivache que sirve para verterlo. Luego hay que pasar por la sección de rebozado y pintura: huevos, agua, harina y por fin, tras las pruebas de carreras, con los pies atados por supuesto, el estiramiento de cuerdas y la prueba de equilibrio, es un decir, les espera un enorme charco de lodo, rastrillado y bien preparado, con suficiente elemento líquido para que los revolcones sean totalmente inocuos.


Este año la fiesta tuvo un pequeño intento de renovación, ya que el rectorado quería que los juegos se celebrasen sólo por la mañana, para que los alunmos pudieran asistir a clase por la tarde, pero parece ser que la logística no tenía planeada la colocación de literas en las aulas y el intento, una buena intención del rector para limitar la peligrosidad de los desplazamientos posteriores a la fiesta se quedo en eso: un intento.

Cuentan los más veteranos que en el charco de lodo, año tras año, aparecen petrificados los enseres perdidos en la batalla, con lo cual le sumamos al evento una parte cultural muy interesante: la arqueología antropológica. Ahí queda eso para la posteridad.
Por mi parte, me sentí victoriosa de haber salido indemne de todos los lances, tras varias invitaciones para probar el extraordinario elixir que me ofrecían amablemente, mientras los participantes caían al suelo vaso en mano, y de no caer en los brazos de ninguna de las estatuas de barro que se acercaban peligrosamente para preguntar por las fotografías que estaba tomando. Sólo algunas salpicaduras de barro recuerdan mi reportaje sobre tan disparatada batalla.
Y como punto final, casi todo el mundo acabó dentro de un canal de riego, con suficiente caudal de agua, para liberarse del barro y esperar, exhaustos, el concierto que, al anochecer, cierra la fiesta, sabiendo que tras la resaca les espera otra vez hincar los codos en los libros y suspirar por que el año que viene no tarde demasiado.


Blanca Martínez 7 mayo 2009






Agrónomos de Lleida
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